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        Revista de análisis Político y Cultural de El Salvador y Latinoamérica Diciembre 11, 2017     
 
     
La Tiranía de los Medios

y el Pensamiento Único 

Oscar Fernández. Politólogo. Investigador social y asesor en Seguridad Pública.

 

El discurso único está poblado de hipótesis que se auto-validan
y que, repetidas incesante y monopolísticamente,
se tornan en definiciones hipnóticas o dictados.»
H. Marcuse

 

El triunfo ideológico del neoliberalismo es el de una concepción holista de la sociedad, de su naturaleza, de sus leyes de movimiento -explicadas desde las antípodas de las que postula el marxismo- y de un modelo normativo de organización social. Así como Marx en algún momento dijo que la economía era la ciencia de la sociedad burguesa -por supuesto refiriéndose a la economía política clásica y a los grandes fundadores de esta disciplina, básicamente Adam Smith y David Ricardo, hoy podríamos decir que el neoliberalismo es la corriente teórica específica del capitalismo en su fase actual. Esta perspectiva ha tenido una gravitación extraordinaria en América Latina y ha ejercido una profunda influencia en el vacilante discurso de muchas expresiones de izquierda, que parecen haberse plegado.

La cultura mundial de los medios de comunicación uniformiza y reduce el planeta. Los diseñadores y promotores de esta cultura dedican cantidades ingentes de energías y dinero al estudio de la influencia y condicionamiento de las conciencias a través de los medios. El análisis de esta actividad revela que a través de ella se pretende crear el tipo de ser humano más conveniente para el sistema capitalista de producción y consumo. El objetivo ha sido convertirnos a todos en apéndices del mercado. Es lógico, por tanto, que la "publicidad comercial", constituya uno de los componentes fundamentales de la cultura actual (Romano: 1993).

Entre el orden cultural y el económico existe una relación de interdependencia. Así, y por limitarnos solamente a los orígenes más recientes, durante el siglo XIX, a medida que la industria atraía a un sector cada vez mayor de la población a su esfera de influencia, a su modo de producción y de consumo, los capitanes de la industria se preocuparon cada vez más de que la vida cultural coincidiese con sus objetivos económicos y políticos. Para ello no sólo trataban de imponer y administrar la disciplina laboral de la fábrica, sino de inculcar también las actitudes, lealtades y comportamientos adecuados a esos objetivos. Se dieron cuenta que era más barato conculcar las mentes que mantener un costoso cuerpo de represión. A éste se recurre únicamente en caso de necesidad, cuando falla el otro. Cuando una clase depende de las bayonetas para preservar su poder es que no está segura.

La historia enseña que la clase pudiente nunca está sola. Se arropa con la bandera de la religión, el patriotismo y el bienestar público. Pues sólo reconoce y proclama como bueno para todos lo que es bueno para ella. Tras el Estado existe todo un entramado de doctrinas, valores, mitos, instituciones, etc., que sirven consciente o inconscientemente a sus intereses. John Locke decía ya en 1690 que "el gobierno fue creado para protección de la propiedad". Y casi un siglo más tarde, en 1776, Adam Smith afirmaba que "la autoridad civil se instituyó en realidad para defensa de los ricos contra los pobres, o de los que tienen alguna propiedad contra los que no tienen ninguna."

Las instituciones políticas, religiosas y educativas contribuyen a crear la ideología que transforma el interés de la clase capitalista dominante en interés general, justificando las relaciones de clase existentes como las únicas que son naturales y, por tanto, perpetuas e inalterables. Todas ellas se conjuntan para crear una conciencia uniforme, para dar unidad al pensamiento.

La mediación efectuada por el pensamiento único re­duce las contradicciones hasta el punto de eliminarlas. Su misión es la unificación de lo que se presenta dividido, dis­gregado. El pensamiento diferenciado, crítico, se realiza, sin em­bargo, como toma de conciencia de la realidad plural y con­tradictoria. Este tipo de conocimiento exige el esfuerzo constante de los seres humanos por aplicar el instrumento de la razón al dominio de su entorno.

Al mismo tiempo, cuando se comunica algo, ese algo adquiere un significado y una re­levancia que no son los que tiene de por sí, sino el que se le dé. Como se sabe, toda información es selectiva e intere­sada. Puede decirse entonces que cuanto más corta y estereo­tipada sea la comunicación, tanto mayor será la violencia simbólica y el poder mágico de los medios, y tanto menor el significado que puede utilizar para sí mismo el sujeto recep­tor. (Romano: 2009)

Nuestra Universidad por ejemplo, siempre fue un foco de progreso y vanguardia que facilitaba las alternativas entre las distintas fases y oscilaciones del capitalismo. El pensamiento fluía, se gestaban las grandes teorías y ciencia aplicada que luego servirían para potenciar la lucha por el bienestar de los pueblos, además de lograr la introducción de nuevos agentes de crecimiento económico, la  mejora de la calidad de vida y la búsqueda de la equidad social.

Sin embargo, algo ha cambiado en los últimos tiempos y la Universidad, aunque no en todos los casos, ha dejado de ser un referente de vanguardia, para convertirse en un nido de mediocridad, endogamia y seguidismo del poder establecido. Paradójicamente este repliegue se produce cuando florecen las tecnologías de la comunicación, como en su día fue la imprenta, que permitiría la difusión del conocimiento fuera de las fronteras universitarias.

El problema es que nuestra universidad se ha escondido del mundo, seguramente por comodidad, pero también por cobardía e inseguridad, y asiste impasible al devenir de la realidad sin apenas participar y aportar su saber, forjando un sentimiento anti intelectual que raya en lo patético. Es llamativo, a este respecto, la escasa aportación universitaria a los conflictos políticos actuales, incluidas las crisis sociales o las guerras. En dirección contraria, el universitario ha asumido su papel secundario, haciendo dejación de su obligación de crear, pensar y razonar. El resultado es un ser abúlico, siempre con excepciones, que permiten albergar cierta esperanza. Dicho de manera severa: el humanista ha sido aniquilado por el burócrata. El pensamiento crítico ha sido sustituido por el pensamiento encadenado.

Los líderes políticos no pelean entre sí para tener poder, sino para realizar la gestión que se espera de ese poder, puesto que éste se ha desplazado desde el público al mundo de la economía y, especialmente, de las finanzas. Este poder es posible gracias al pensamiento único: “la traducción en términos ideológicos de pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, especialmente los del capital internacional”, sostiene enfático I. Ramonet (2009)

La caída del muro de Berlín en 1989 fue saludada por los pensadores más conservadores como el inicio del «fin de la historia»,  que suponía la hegemonía global del capitalismo, de la economía de mercado, y de las democracias liberales en la gran mayoría de los países del mundo (todas ellas sometidas al dominio indiscutible de los EEUU y a la supervisión militar de la OTAN). Aparentemente, esta ha sido la situación en el periodo de la globalización neoliberal hasta el estallido de la crisis financiera de 2008, que ha puesto de relevancia la vigencia de las contradicciones del capitalismo.

Tras la borrachera de la sociedad de consumo, la nueva Gran Depresión parece estar suscitando cierta renovada curiosidad por un pensamiento crítico menos domesticado, lo que incluye un nuevo interés en las ideas del marxismo. ¿Resurgiremos como el ave Fénix?

 

 

15 de noviembre de 2014
BIBLIOGRAFÍA
 

 

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